
Bajo el epígrafe del subtítulo del presente artículo presentaba hace unos días una comunicación a las II Jornadas Internacionales de Historia de las Monarquías Ibéricas, que bajo el título Las Milicias del Rey de España se celebraron en nuestra ciudad. Comencé advirtiendo entonces y lo hago también ahora, que cuando se pretende hablar de pervivencias patrimoniales de las milicias, necesariamente debemos plantearnos a qué tipo de patrimonio nos referimos y máxime cuando derivamos esas pervivencias al terreno de lo festivo. Si es, por tanto, en lo festivo donde pueden recaer las conmemoraciones de hechos o circunstancias de especial importancia para la comunidad en la que se reside, será en lo festivo donde habrá que buscar el poso de lo que haya podido quedar, a lo largo de los siglos, de viejas formas de organización social y política, que ahora, en el presente ritualizamos, sacralizamos si se quiere, con una intención evidente de encontrar un sentido de continuidad con las generaciones anteriores. Hablaríamos por tanto de patrimonio cultural inmaterial, es decir, de aquello que tiene que ver con los procesos de aprendizaje de los pueblos con el paso del tiempo, junto al saber, las destrezas y la creatividad, siendo esos procesos los que ofrecen a las comunidades vivas un sentido de identidad propia y de continuidad de la que hablábamos.
De sobra es sabido que en Yecla celebramos un alarde de armas al amparo de una conmemoración de corte religioso, como es, la festividad de la Purísima Concepción, patrona de la localidad. El alarde de armas, originariamente, queda asociado a la presencia de las milicias o fuerzas municipales. Venía a ser una muestra de exhibición pública de la supervivencia política en el Europa de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII) de las comunidades municipales, frente al poder real. El significado social de lo que comportaba el servicio de armas a la comunidad municipal por parte del individuo era la adquisición del estatus de ciudadano, convirtiendo este servicio en el propio ser o existir de la ciudad y su carácter republicano, entendido como cosa pública o de común incumbencia, en este caso su defensa.
En sus inicios las fuerzas municipales se estructuraban en compañías, bien de corte gremial, eclesiástico (cofradías) o de orden territorial: parroquias o barrios. La diferencia de estas compañías con respecto a las integradas por los soldados del rey era su propio carácter movilizable y su menor capacidad operativa, aunque su estructura organizativa de mando buscase la efectividad de aquellas: capitanes, alféreces, sargentos, cabos y la unidad básica, la escuadra. La capacidad de movilización en armas de los municipios fue, como es obvio, un peligro al que el rey nunca estuvo dispuesto a enfrentarse, de ahí, y que a partir del siglo XVII el ejército profesional fuese potenciado en detrimento de las fuerzas municipales, que en la segunda mitad del siglo XVIII prácticamente habían sido disueltas. La prohibición del uso de pólvora para la celebración de los alardes significó el golpe de gracia definitivo para la desaparición de las milicias municipales, manteniendo solo, y en algunos casos, un alarde donde prevalecía el ritual religioso sobre el cívico-militar.
Ya entrados en el siglo XIX se contemplarán dos líneas de recuperación de los alardes de armas: por una parte, la que podríamos denominar de la recreación o reinvención histórica; de otra, más pura si se quiere, la de la hibridación o fosilización del alarde de armas dentro de otras formas de celebración festiva de corte eminentemente religioso. La primera de las líneas fue la propia de una tendencia generalizada de corte romántico e historicista por recuperar la memoria histórica y sobre todo el orgullo local. En este intento por redefinir la historia, más bien de reinventarla y recrearla con un rancio regusto por el exotismo oriental, nacerán nuevas concepciones de lo festivo, más en una la línea de lo lúdico y que venía a mostrar la sociedad del momento, dominada por una burguesía emergente que supo convertir el pasado en una mera excusa para legitimar su posición de preeminencia social. Es el momento de la recreación histórica de la Semana Santa, por ejemplo, y surgen manifestaciones como las procesiones bíblico-pasionales de Lorca (Murcia) o una buena parte de las fiestas de moros y cristianos en el levante español, que renacen en esos momentos reconcepctualizadas, vacíos ya sus alardes del sentido originario, quedando reducidos a una representación más o menos dramatizada de unos supuestos hechos históricos, paradigma, por otra parte, de la propia seña de identidad de la comunidad que los representaba. Estos alardes perderán en buena medida la ritualidad tradicional, en cuanto que lo que se recrea es un pasado ficticio y atemporal.
La segunda línea de recuperación de los alardes ya decíamos que obedecía a una pervivencia producida por una hibridación del antiguo ritual cívico militar con otras formas rituales de corte religioso. La imbricación que se produce de los alardes de armas con la fiesta religiosa se muestra hasta tal punto de quedar identificados como uno el viejo ritual urbano con el ritual religioso. Fue sin duda en el ámbito de las cofradías donde se absorbió con mayor propensión este ritual cívico-militar del alarde de armas. El caso de Yecla (Murcia), es quizá el paradigma de lo que sostenemos, en cuanto que supone la adaptación y preservación a un tiempo de las milicias en los rituales festivos. Este proceso de adaptación se produjo desde un principio en el seno de la Cofradía de la Purísima, fundada en el año 1691 y en la que sus componentes se denominaban “soldadesca de la Purísima Concepción”. Pertenecían a ella miembros de la oligarquía local, constatando su implicación, en al menos, tres alardes de armas celebrados en Yecla a lo largo del siglo XVIII. El año 1786 supone un hito para el alarde de Yecla, puesto que se reglamenta por primera vez con la redacción de unas ordenanzas que garantizaban su continuidad en el futuro además de levantar la prohibición real en el manejo de la pólvora; de hecho, y desde entonces no se ha interrumpido su celebración anual.
Desde comienzos del siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XVIII la milicia municipal de Yecla fue convocada en diversas ocasiones para defender la costa alicantina y murciana, pero quizá la acción militar que más huella dejó entre sus ciudadanos fue el repartimiento de milicias del año 1642, en el que se convocó una compañía para la campaña del Guerra de Cataluña. Este será el origen histórico de nuestro alarde de armas, guardando en buena medida la estructura y el ritual militar urbano propio de la milicia o fuerza municipal, al que se incorporó progresivamente el componente religioso, hasta el punto de confundirse el primero con el ritual de celebración de la patrona. Con todo, ello no significó la desaparición o sustitución de uno por el otro, al contrario, bajo el amparo del componente religioso aún pueden observarse, en un estado de pureza sorprendente, los viejos rituales cívico religiosos del Antiguo Régimen. Afortunadamente, el alarde de Yecla no sufrió los efectos de la reinvención descontextualizada propia del romanticismo historicista decimonónico, sino que parece haberse producido un caso poco corriente de preservación directa de un ritual con cuatro siglos de antigüedad:
· El modelo organizativo cumple con el ritual municipal de afirmación ciudadana. La soldadesca se integra en una compañía única de milicias como modelo de representatividad ciudadana.
· Superioridad del Ayuntamiento como entidad que convocaba de antiguo a la milicia. Recordemos que el alarde se inicia con el acto del “Beneplácito”, que no es más que la solicitud de permiso al Ayuntamiento para su celebración.
· Entrega de las insignias y formación de la compañía. Las insignias del bastón (capitán) y de la bandera (alférez). Antiguamente, el Ayuntamiento o Concejo, cuando convocaba a milicias entregaba a sus oficiales las insignias, por lo general la bandera, como signo del poder y la autoridad municipal. La bandera era colocada en la casa del oficial o en un edificio público con el fin de que se constituyera la compañía de milicias para la celebración del alarde. Una vez concluido éste, las insignias, custodiadas por los sargentos, eran devueltas al Ayuntamiento. El acto de “El Paseo” no es más que la convocatoria para constituir la compañía de milicias.
· Celebración del alarde. Este se llevaba a cabo con el orden propio de la disposición de la compañía de milicias, donde se advierte un orden o línea de mando bien definida, que hará fuego de arcabucería en el lugar y momentos donde se tenga establecido y siguiendo el estricto ritual establecido a tal fin. El alarde se compone básicamente de los siguientes actos “La Alborada”, “La Bajada”, “ Procesión Día de la Virgen” y “La Subida.”
· Finalmente la disolución de la compañía se produce en el momento en el que se entregan o devuelven las insignias. Corresponde al acto de entrega o cambio de insignias del día de “La Subida” (última jornada de celebración del alarde)
Estoy en el convencimiento de que todos somos conscientes del extraordinario bien patrimonial que hemos heredado; recibido en un estado de pureza sorprendente. Que lo que representamos en la calle y de quién y cómo lo represente, es y será vital para que se preserve este alarde de armas, que debe ser de los más antiguos y mejor mostrados de Europa.
De sobra es sabido que en Yecla celebramos un alarde de armas al amparo de una conmemoración de corte religioso, como es, la festividad de la Purísima Concepción, patrona de la localidad. El alarde de armas, originariamente, queda asociado a la presencia de las milicias o fuerzas municipales. Venía a ser una muestra de exhibición pública de la supervivencia política en el Europa de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII) de las comunidades municipales, frente al poder real. El significado social de lo que comportaba el servicio de armas a la comunidad municipal por parte del individuo era la adquisición del estatus de ciudadano, convirtiendo este servicio en el propio ser o existir de la ciudad y su carácter republicano, entendido como cosa pública o de común incumbencia, en este caso su defensa.
En sus inicios las fuerzas municipales se estructuraban en compañías, bien de corte gremial, eclesiástico (cofradías) o de orden territorial: parroquias o barrios. La diferencia de estas compañías con respecto a las integradas por los soldados del rey era su propio carácter movilizable y su menor capacidad operativa, aunque su estructura organizativa de mando buscase la efectividad de aquellas: capitanes, alféreces, sargentos, cabos y la unidad básica, la escuadra. La capacidad de movilización en armas de los municipios fue, como es obvio, un peligro al que el rey nunca estuvo dispuesto a enfrentarse, de ahí, y que a partir del siglo XVII el ejército profesional fuese potenciado en detrimento de las fuerzas municipales, que en la segunda mitad del siglo XVIII prácticamente habían sido disueltas. La prohibición del uso de pólvora para la celebración de los alardes significó el golpe de gracia definitivo para la desaparición de las milicias municipales, manteniendo solo, y en algunos casos, un alarde donde prevalecía el ritual religioso sobre el cívico-militar.
Ya entrados en el siglo XIX se contemplarán dos líneas de recuperación de los alardes de armas: por una parte, la que podríamos denominar de la recreación o reinvención histórica; de otra, más pura si se quiere, la de la hibridación o fosilización del alarde de armas dentro de otras formas de celebración festiva de corte eminentemente religioso. La primera de las líneas fue la propia de una tendencia generalizada de corte romántico e historicista por recuperar la memoria histórica y sobre todo el orgullo local. En este intento por redefinir la historia, más bien de reinventarla y recrearla con un rancio regusto por el exotismo oriental, nacerán nuevas concepciones de lo festivo, más en una la línea de lo lúdico y que venía a mostrar la sociedad del momento, dominada por una burguesía emergente que supo convertir el pasado en una mera excusa para legitimar su posición de preeminencia social. Es el momento de la recreación histórica de la Semana Santa, por ejemplo, y surgen manifestaciones como las procesiones bíblico-pasionales de Lorca (Murcia) o una buena parte de las fiestas de moros y cristianos en el levante español, que renacen en esos momentos reconcepctualizadas, vacíos ya sus alardes del sentido originario, quedando reducidos a una representación más o menos dramatizada de unos supuestos hechos históricos, paradigma, por otra parte, de la propia seña de identidad de la comunidad que los representaba. Estos alardes perderán en buena medida la ritualidad tradicional, en cuanto que lo que se recrea es un pasado ficticio y atemporal.
La segunda línea de recuperación de los alardes ya decíamos que obedecía a una pervivencia producida por una hibridación del antiguo ritual cívico militar con otras formas rituales de corte religioso. La imbricación que se produce de los alardes de armas con la fiesta religiosa se muestra hasta tal punto de quedar identificados como uno el viejo ritual urbano con el ritual religioso. Fue sin duda en el ámbito de las cofradías donde se absorbió con mayor propensión este ritual cívico-militar del alarde de armas. El caso de Yecla (Murcia), es quizá el paradigma de lo que sostenemos, en cuanto que supone la adaptación y preservación a un tiempo de las milicias en los rituales festivos. Este proceso de adaptación se produjo desde un principio en el seno de la Cofradía de la Purísima, fundada en el año 1691 y en la que sus componentes se denominaban “soldadesca de la Purísima Concepción”. Pertenecían a ella miembros de la oligarquía local, constatando su implicación, en al menos, tres alardes de armas celebrados en Yecla a lo largo del siglo XVIII. El año 1786 supone un hito para el alarde de Yecla, puesto que se reglamenta por primera vez con la redacción de unas ordenanzas que garantizaban su continuidad en el futuro además de levantar la prohibición real en el manejo de la pólvora; de hecho, y desde entonces no se ha interrumpido su celebración anual.
Desde comienzos del siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XVIII la milicia municipal de Yecla fue convocada en diversas ocasiones para defender la costa alicantina y murciana, pero quizá la acción militar que más huella dejó entre sus ciudadanos fue el repartimiento de milicias del año 1642, en el que se convocó una compañía para la campaña del Guerra de Cataluña. Este será el origen histórico de nuestro alarde de armas, guardando en buena medida la estructura y el ritual militar urbano propio de la milicia o fuerza municipal, al que se incorporó progresivamente el componente religioso, hasta el punto de confundirse el primero con el ritual de celebración de la patrona. Con todo, ello no significó la desaparición o sustitución de uno por el otro, al contrario, bajo el amparo del componente religioso aún pueden observarse, en un estado de pureza sorprendente, los viejos rituales cívico religiosos del Antiguo Régimen. Afortunadamente, el alarde de Yecla no sufrió los efectos de la reinvención descontextualizada propia del romanticismo historicista decimonónico, sino que parece haberse producido un caso poco corriente de preservación directa de un ritual con cuatro siglos de antigüedad:
· El modelo organizativo cumple con el ritual municipal de afirmación ciudadana. La soldadesca se integra en una compañía única de milicias como modelo de representatividad ciudadana.
· Superioridad del Ayuntamiento como entidad que convocaba de antiguo a la milicia. Recordemos que el alarde se inicia con el acto del “Beneplácito”, que no es más que la solicitud de permiso al Ayuntamiento para su celebración.
· Entrega de las insignias y formación de la compañía. Las insignias del bastón (capitán) y de la bandera (alférez). Antiguamente, el Ayuntamiento o Concejo, cuando convocaba a milicias entregaba a sus oficiales las insignias, por lo general la bandera, como signo del poder y la autoridad municipal. La bandera era colocada en la casa del oficial o en un edificio público con el fin de que se constituyera la compañía de milicias para la celebración del alarde. Una vez concluido éste, las insignias, custodiadas por los sargentos, eran devueltas al Ayuntamiento. El acto de “El Paseo” no es más que la convocatoria para constituir la compañía de milicias.
· Celebración del alarde. Este se llevaba a cabo con el orden propio de la disposición de la compañía de milicias, donde se advierte un orden o línea de mando bien definida, que hará fuego de arcabucería en el lugar y momentos donde se tenga establecido y siguiendo el estricto ritual establecido a tal fin. El alarde se compone básicamente de los siguientes actos “La Alborada”, “La Bajada”, “ Procesión Día de la Virgen” y “La Subida.”
· Finalmente la disolución de la compañía se produce en el momento en el que se entregan o devuelven las insignias. Corresponde al acto de entrega o cambio de insignias del día de “La Subida” (última jornada de celebración del alarde)
Estoy en el convencimiento de que todos somos conscientes del extraordinario bien patrimonial que hemos heredado; recibido en un estado de pureza sorprendente. Que lo que representamos en la calle y de quién y cómo lo represente, es y será vital para que se preserve este alarde de armas, que debe ser de los más antiguos y mejor mostrados de Europa.
Liborio Ruiz Molina
Nota: El presente artículo se ha inspirado en las siguiente bibliografía: BLÁZQUEZ MIGUEL, Juan. “ Aportación yeclana a las defensas de las costas en el siglo XVII: milicianos y bandoleros”. Revista de Estudios Yeclanos. Yakka, 4 (1992-1993). Yecla, Ayuntamiento 1993.; GIMÉNEZ RUBIO, Pascual. Memoria histórica de la función que anualmente se celebra en la villa de Yecla a la Concepción de la Virgen María. Yecla, 1848. Edición comentada por Liborio Ruiz Molina. Yecla, 2004; MONTES BERNARDE, Ricardo y RUIZ MOLINA, Liborio. “Las fiestas de moros y cristianos en la Región de Murcia (siglos XIV-XX)” Actas del III Congreso Nacional de Fiesta de Moros y Cristianos . Murcia- 23-26 de mayo de 2002.; RUIZ IBÁÑEZ, Javier. “Informe preliminar sobre el origen, significado y permanencia de las fuerzas municipales de la Edad Moderna” Yecla, 2005. (inédito)
1 comentario:
Supongo que ya estaréis al tanto de que la enseña de la Compañía de Milicias de Yecla, con su curiosa aspa ecotada roja, azul y amarilla, se conserva en el Museo del Ejército...¡como bandera carlista! Al parecer en la guerra de 1833-1840 la partida carlista del coronel Urrutia se hizo con ella y la reutilizó por el Maestrazgo. En 1840 se guardó en una vivienda particular de Cervera (supongo que será Cervera de Maestre, 30 kilómetros al Este de Morella), y en 1867 la Guardia Civil se presentó a requisarla pues las autoridades se pensaban por error que se trataba de una bandera batallona del regimiento de Ceuta, unidad isabelina batida por los carlistas en 1835 (las banderas batallonas eran blancas con un aspa ecotada roja rematada en cada extremo por el escudo del regimiento). Lo más alucinante es que la enseña yeclana tiene toda la pinta de ser de hacia 1700, y que encima luce el escudo de Yecla -en una versión un poco diferente de la actual-, mientras que el blasón del regimiento de Ceuta es evidentemente el mismo que el escudo de Ceuta y Portugal.
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