martes, 22 de enero de 2008

De nuestros museos

Creo que en nuestra localidad se trata a esto de los museos con demasiada frivolidad y sobre todo con excesiva indulgencia para con los aficionados de buena voluntad que creen que lo de la museología y su consecuencia, la museografía, son dos palabros que deberían estar encerrados en una vitrina. Hasta tal punto llegó la cosa en otro tiempo, que hubo quien a esa voluntad sumó una pretendida e innovadora condición de político-museógrafo, para quedarse al final en simple escaparatista y no de los buenos, precisamente.

Existe un ente que se llama o denomina Sistema Regional de Museos y que se entiende como el conjunto organizado de museos, colecciones museográficas, organismos y servicios, que se configura como instrumento para la ordenación, cooperación y coordinación de los mismos. Forman parte de él: El Consejo de Museos de la Región de Murcia; los museos y colecciones museográficas dependientes de la Comunidad Autónoma; los museos y colecciones reconocidos, de titularidad pública o privada, que cumplan con la obligaciones establecidas; los museos cuya gestión se desarrolle mediante convenios de colaboración; el Fondo de Arte de la Región de Murcia y los servicios administrativos de la Comunidad Autónoma, encargados de la gestión y coordinación en materia de museos.

El estar dentro o fuera del sistema obedece al cumplimiento de una exigente normativa que posibilita o no el reconocimiento como museo. Esas exigencias en líneas generales se determinan en función a las garantías que el pretendido museo ofrece en materia de conservación, difusión e investigación y que como se sabe vienen a ser las tres funciones básicas de todo museo. Solo seis museos de municipales (Cartagena, Lorca, Cehegín, Calasparra y Jumilla) se incluyen entre los dieciocho espacios museísticos reconocidos como tal, entre ellos, el Mueso Arqueológico Municipal “Cayetano de Mergelina” de Yecla (MAYE) y el de Réplicas del Greco (ReGreco), ambos de titularidad y gestión municipal. Del resto de los mal denominados “museos” de nuestra ciudad, ya que habría que denominarlos a mi juicio, y abusando en algún caso de nuestra predisposición a la indulgencia, como “exposiciones permanentes”, ninguno de ellos cumple con los requisitos mínimos en materia de conservación, divulgación y por supuesto, mucho menos, con el aspecto de la investigación. Desgraciadamente, las tres iniciativas y me refiero al Museo Mariano en el Cerro del Castillo, el Museo de Semana Santa ubicado en la Iglesia Vieja y el Museo Taurino de la Plaza de Toros nacieron muertos, en cuanto que su montaje no obedeció a criterios museológicos de ninguna clase. El resultado es el que es, y solo hay que contemplar estos espacios expositivos para caer en la cuenta, honradamente, que dicen bien poco. Los tres espacios son de titularidad municipal y su gestión, como se sabe, está en manos de asociaciones privadas.

Cuando se determina o pretende crear un museo las preguntas que han de tenerse en consideración son las siguientes: ¿Qué tengo para exponer?, ¿Qué expongo?, ¿Dónde lo expongo? y ¿Cómo lo expongo? Grosso modo, estos cuatro interrogantes son los que motivan o generan la elaboración del proyecto museológico, que es el paso previo e imprescindible a cualquier actuación de índole museográfica. Ante el primer y segundo interrogante deberemos de medir de manera ponderada la cantidad de colecciones y su valor, no solo el intrínseco sino el de su propia capacidad como transmisoras de conocimientos. De la cantidad y la calidad de las colecciones y de su singularidad dependerá en buena medida si realmente merece la pena crear un museo. De los tres citados, y a mi juicio, solo el taurino podría mostrarse como tal si obedeciera a un discurso museológico distinto del actual. Los otros dos deberían ser integrados como secciones de un museo de mayor calado temático o bien ser expuestas como colecciones de una exposición permanente, eso sí de manera más digna que en la actualidad, al menos en lo que a la Semana Santa se refiere. Las dos preguntas restantes, lo museográfico propiamente dicho, es decir, el ¿Dónde y el cómo lo expongo? se refieren al espacio físico, que en el caso de ser de nueva planta deberá proyectarse en función al contenido de ese pretendido museo que se quiere crear y no al revés, tal y como sucedió con el llamado Museo Mariano del Cerro del Castillo. Cuando el espacio viene dado, y es un edificio con marcado valor arquitectónico o histórico, como en el caso de la Iglesia Vieja, la exhibición de las colecciones ha de integrarse de manera equilibrada y armónica, sin alterar o desvirtuar la arquitectura originaria. Resulta evidente que esto no ha sido tenido en cuenta. Pero además en este caso, el espacio ocupado es incompleto, en cuanto que su restauración no fue concluida. De manera que, al decidir en su momento destinar el inmueble a espacio museístico, el primer paso dado debería haber sido acometer las obras de restauración y recuperación del interior en función al nuevo uso que se pretendía. Tal consideración tampoco se tuvo en cuenta y las prisas y los recelos, que también los hubo, dejaron al margen a los técnicos en la materia y se montó, a presión, el mal llamado, repito, museo que en la actualidad alberga y que en nada beneficia a la conservación y difusión del patrimonio de la Semana Santa de Yecla. Otro tanto ocurrió con el Museo Mariano, hasta el punto, por ejemplo, de que los contenedores de las escasas colecciones que se exponen, es decir, las vitrinas, se fabricaron tipo estandarizadas sin tener en cuenta que es lo que se iba a depositar dentro, cuando el proceso debe, debería haber sido a la inversa.

Dos interrogantes quedarían por tratar que resultan ser también determinantes para el montaje de cualquier museo, y son: ¿En que condiciones se exponen las colecciones? Nos referimos a las condiciones de seguridad y de conservación básicamente: iluminación, condiciones ambientales, tipos de contenedores, vigilancia, mantenimiento de la colecciones… En estos aspectos no entraremos en detalle, aunque lo podríamos hacer, por no levantar demasiadas ampollas, pero desde luego es evidente que se hace necesario y urgente un diagnóstico pormenorizado sobre los espacios museísticos existentes en nuestra ciudad, si es que en verdad queremos contribuir a la preservación, en condiciones óptimas, de nuestro patrimonio histórico mueble e inmueble. La segunda de las interrogantes atendería a dos consideraciones: ¿Para qué expongo las colecciones? ¿Solo persigo la pura exhibición o pretendo, como es obligación de todo museo, no solo mostrar sino enseñar al visitante? Efectivamente, el museo, para la comunidad en la que se inscribe, ha de concebirse como un instrumento pedagógico, de enseñanza. Este será el verdadero sentido del museo y su consecuencia última. La transmisión de conocimientos, por tanto, deberá ser la adecuada y responder a un discurso museográfico comprensible para todo tipo de público, incidiendo especialmente en los niños. En este punto, el abanico de posibilidades que ofrece la museología es grande. Sin duda, la incorporación de las nuevas tecnologías a la museografía permite dar un extraordinario valor añadido a la vertiente pedagógica de de los museos. Su empleo, de manera ponderada y no abusiva, contribuye a incrementar el valor de las colecciones que se exponen, pues permite responder con mayor facilidad, versatilidad y comprensión las cuatro interrogantes básicas que hemos de hacernos ante una pieza o conjunto de piezas expuestas: ¿De cuando es? (temporalidad), ¿ De qué están hecha? (naturaleza), ¿Cómo están hechas? (proceso tecnológico) y ¿para qué sirven? (uso)

Una última consideración sobre lo que no se ve en los museos: un museo que se precie de tal ha de tener depósitos o almacenes suficientes y apropiados para el correcto almacenaje de aquellos materiales que no se exhiben y que quedan para el estudio de los especialistas. También debe contar con áreas de conservación y restauración, gabinete pedagógico y de gestión y administración. Tengamos en cuenta que un museo es un ente vivo y en continuo crecimiento. Todo ello nos indica que se requiere de personal técnico especializado de forma permanente, si queremos que la utilidad social del museo sea la óptima. Esta es, sin duda, una de nuestras asignaturas pendientes.

Deberíamos pues, en mi opinión, sosegarnos un poco y reflexionar con calma sobre que política museística queremos desarrollar en nuestra localidad y comenzar a corregir los errores cometidos en el pasado. En esta reflexión debe primar la idea de optimizar los escasos recursos económicos y humanos disponibles, huyendo de una diversificación desproporcionada de la oferta museística local. Entiendo disparatado abrir “exposiciones permanentes” de temática variada y variopinta, y máxime si estas han de venir amparadas por el erario público, porque entiendo, al presente, que no será más que el reflejo de lo que considero como política de “satisfechos” hacia las diversas entidades privadas de la localidad. Por el momento, y esto si que parece inminente, dos espacios de gran valor histórico-artístico cuentan con todas las posibilidades de ser recuperados de manera definitiva: San Francisco y la Iglesia Vieja. Esperemos que no sean infrautilizados con propuestas museísticas o de otra índole cultural de escaso calado y cuyo interés no vaya más allá de lo puramente local. Un tercer espacio, magnifico diría yo desde un punto de vista arquitectónico, el llamado Museo Mariano del Cerro del Castillo, debería ser reorientado como espacio museístico y ser contemplado como un buen complemento para las aspiraciones de los distintos intereses locales. Algunas ideas hay. Tiempo habrá de exponerlas, si así se nos requiere.

En esta ocasión hemos tratado de museos y de nuestra natural indulgencia para con ellos, aunque y en esto de las indulgencias hay que ver lo generosos que somos en este bendito pueblo nuestro, sobre todo y casi en exclusividad en lo tocante a la cultura. De manera que parece que todos y todo, valen y vale, ya sea en las Bellas Artes, la Literatura o la Historia e incluso, y aquí se justifica el “casi”, en la Economía, la Política, la Sociología o la Antropología. Ello ha dado como consecuencia el surgimiento de una pléyade, mejor diremos de una “cuadrilla”, pues el término se ajusta más a forma y realidad, de impúdicos pseudointelectuales dedicados a la pública concurrencia emisora de disparates, algunos de gran calibre. Buena culpa de ello la tienen los medios de comunicación, que probablemente y sin premeditación alguna, no lo dudo, han dado cancha a estas gentes y a otras, que buscan desesperadamente su minuto de gloria. Claro que, siguiendo el antiguo proverbio árabe que dice “que quién se jacta con las alabanzas de los ignorantes, el diablo le viste con el manto de la tontería” todo parece quedar debidamente justificado.


Liborio Ruiz Molina.
Arqueólogo
Académico C. de las de Alfonso X y Bellas Artes Virgen de la Arrixaca.
Actualmente es Director de las Casa Municipal de Cultura de Yecla.
Nota: El presente artículo fue publicado integro en el semanal Siete Dias Yecla en la sección Tribuna para el Debate. 10/01/2008

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El alarde de Yecla. Pervivencias patrimoniales de las antiguas milicias en el ritual festivo.


Bajo el epígrafe del subtítulo del presente artículo presentaba hace unos días una comunicación a las II Jornadas Internacionales de Historia de las Monarquías Ibéricas, que bajo el título Las Milicias del Rey de España se celebraron en nuestra ciudad. Comencé advirtiendo entonces y lo hago también ahora, que cuando se pretende hablar de pervivencias patrimoniales de las milicias, necesariamente debemos plantearnos a qué tipo de patrimonio nos referimos y máxime cuando derivamos esas pervivencias al terreno de lo festivo. Si es, por tanto, en lo festivo donde pueden recaer las conmemoraciones de hechos o circunstancias de especial importancia para la comunidad en la que se reside, será en lo festivo donde habrá que buscar el poso de lo que haya podido quedar, a lo largo de los siglos, de viejas formas de organización social y política, que ahora, en el presente ritualizamos, sacralizamos si se quiere, con una intención evidente de encontrar un sentido de continuidad con las generaciones anteriores. Hablaríamos por tanto de patrimonio cultural inmaterial, es decir, de aquello que tiene que ver con los procesos de aprendizaje de los pueblos con el paso del tiempo, junto al saber, las destrezas y la creatividad, siendo esos procesos los que ofrecen a las comunidades vivas un sentido de identidad propia y de continuidad de la que hablábamos.


De sobra es sabido que en Yecla celebramos un alarde de armas al amparo de una conmemoración de corte religioso, como es, la festividad de la Purísima Concepción, patrona de la localidad. El alarde de armas, originariamente, queda asociado a la presencia de las milicias o fuerzas municipales. Venía a ser una muestra de exhibición pública de la supervivencia política en el Europa de la Edad Moderna (siglos XVI al XVIII) de las comunidades municipales, frente al poder real. El significado social de lo que comportaba el servicio de armas a la comunidad municipal por parte del individuo era la adquisición del estatus de ciudadano, convirtiendo este servicio en el propio ser o existir de la ciudad y su carácter republicano, entendido como cosa pública o de común incumbencia, en este caso su defensa.

En sus inicios las fuerzas municipales se estructuraban en compañías, bien de corte gremial, eclesiástico (cofradías) o de orden territorial: parroquias o barrios. La diferencia de estas compañías con respecto a las integradas por los soldados del rey era su propio carácter movilizable y su menor capacidad operativa, aunque su estructura organizativa de mando buscase la efectividad de aquellas: capitanes, alféreces, sargentos, cabos y la unidad básica, la escuadra. La capacidad de movilización en armas de los municipios fue, como es obvio, un peligro al que el rey nunca estuvo dispuesto a enfrentarse, de ahí, y que a partir del siglo XVII el ejército profesional fuese potenciado en detrimento de las fuerzas municipales, que en la segunda mitad del siglo XVIII prácticamente habían sido disueltas. La prohibición del uso de pólvora para la celebración de los alardes significó el golpe de gracia definitivo para la desaparición de las milicias municipales, manteniendo solo, y en algunos casos, un alarde donde prevalecía el ritual religioso sobre el cívico-militar.

Ya entrados en el siglo XIX se contemplarán dos líneas de recuperación de los alardes de armas: por una parte, la que podríamos denominar de la recreación o reinvención histórica; de otra, más pura si se quiere, la de la hibridación o fosilización del alarde de armas dentro de otras formas de celebración festiva de corte eminentemente religioso. La primera de las líneas fue la propia de una tendencia generalizada de corte romántico e historicista por recuperar la memoria histórica y sobre todo el orgullo local. En este intento por redefinir la historia, más bien de reinventarla y recrearla con un rancio regusto por el exotismo oriental, nacerán nuevas concepciones de lo festivo, más en una la línea de lo lúdico y que venía a mostrar la sociedad del momento, dominada por una burguesía emergente que supo convertir el pasado en una mera excusa para legitimar su posición de preeminencia social. Es el momento de la recreación histórica de la Semana Santa, por ejemplo, y surgen manifestaciones como las procesiones bíblico-pasionales de Lorca (Murcia) o una buena parte de las fiestas de moros y cristianos en el levante español, que renacen en esos momentos reconcepctualizadas, vacíos ya sus alardes del sentido originario, quedando reducidos a una representación más o menos dramatizada de unos supuestos hechos históricos, paradigma, por otra parte, de la propia seña de identidad de la comunidad que los representaba. Estos alardes perderán en buena medida la ritualidad tradicional, en cuanto que lo que se recrea es un pasado ficticio y atemporal.

La segunda línea de recuperación de los alardes ya decíamos que obedecía a una pervivencia producida por una hibridación del antiguo ritual cívico militar con otras formas rituales de corte religioso. La imbricación que se produce de los alardes de armas con la fiesta religiosa se muestra hasta tal punto de quedar identificados como uno el viejo ritual urbano con el ritual religioso. Fue sin duda en el ámbito de las cofradías donde se absorbió con mayor propensión este ritual cívico-militar del alarde de armas. El caso de Yecla (Murcia), es quizá el paradigma de lo que sostenemos, en cuanto que supone la adaptación y preservación a un tiempo de las milicias en los rituales festivos. Este proceso de adaptación se produjo desde un principio en el seno de la Cofradía de la Purísima, fundada en el año 1691 y en la que sus componentes se denominaban “soldadesca de la Purísima Concepción”. Pertenecían a ella miembros de la oligarquía local, constatando su implicación, en al menos, tres alardes de armas celebrados en Yecla a lo largo del siglo XVIII. El año 1786 supone un hito para el alarde de Yecla, puesto que se reglamenta por primera vez con la redacción de unas ordenanzas que garantizaban su continuidad en el futuro además de levantar la prohibición real en el manejo de la pólvora; de hecho, y desde entonces no se ha interrumpido su celebración anual.

Desde comienzos del siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XVIII la milicia municipal de Yecla fue convocada en diversas ocasiones para defender la costa alicantina y murciana, pero quizá la acción militar que más huella dejó entre sus ciudadanos fue el repartimiento de milicias del año 1642, en el que se convocó una compañía para la campaña del Guerra de Cataluña. Este será el origen histórico de nuestro alarde de armas, guardando en buena medida la estructura y el ritual militar urbano propio de la milicia o fuerza municipal, al que se incorporó progresivamente el componente religioso, hasta el punto de confundirse el primero con el ritual de celebración de la patrona. Con todo, ello no significó la desaparición o sustitución de uno por el otro, al contrario, bajo el amparo del componente religioso aún pueden observarse, en un estado de pureza sorprendente, los viejos rituales cívico religiosos del Antiguo Régimen. Afortunadamente, el alarde de Yecla no sufrió los efectos de la reinvención descontextualizada propia del romanticismo historicista decimonónico, sino que parece haberse producido un caso poco corriente de preservación directa de un ritual con cuatro siglos de antigüedad:

· El modelo organizativo cumple con el ritual municipal de afirmación ciudadana. La soldadesca se integra en una compañía única de milicias como modelo de representatividad ciudadana.
· Superioridad del Ayuntamiento como entidad que convocaba de antiguo a la milicia. Recordemos que el alarde se inicia con el acto del “Beneplácito”, que no es más que la solicitud de permiso al Ayuntamiento para su celebración.
· Entrega de las insignias y formación de la compañía. Las insignias del bastón (capitán) y de la bandera (alférez). Antiguamente, el Ayuntamiento o Concejo, cuando convocaba a milicias entregaba a sus oficiales las insignias, por lo general la bandera, como signo del poder y la autoridad municipal. La bandera era colocada en la casa del oficial o en un edificio público con el fin de que se constituyera la compañía de milicias para la celebración del alarde. Una vez concluido éste, las insignias, custodiadas por los sargentos, eran devueltas al Ayuntamiento. El acto de “El Paseo” no es más que la convocatoria para constituir la compañía de milicias.
· Celebración del alarde. Este se llevaba a cabo con el orden propio de la disposición de la compañía de milicias, donde se advierte un orden o línea de mando bien definida, que hará fuego de arcabucería en el lugar y momentos donde se tenga establecido y siguiendo el estricto ritual establecido a tal fin. El alarde se compone básicamente de los siguientes actos “La Alborada”, “La Bajada”, “ Procesión Día de la Virgen” y “La Subida.”
· Finalmente la disolución de la compañía se produce en el momento en el que se entregan o devuelven las insignias. Corresponde al acto de entrega o cambio de insignias del día de “La Subida” (última jornada de celebración del alarde)

Estoy en el convencimiento de que todos somos conscientes del extraordinario bien patrimonial que hemos heredado; recibido en un estado de pureza sorprendente. Que lo que representamos en la calle y de quién y cómo lo represente, es y será vital para que se preserve este alarde de armas, que debe ser de los más antiguos y mejor mostrados de Europa.


Liborio Ruiz Molina

Nota: El presente artículo se ha inspirado en las siguiente bibliografía: BLÁZQUEZ MIGUEL, Juan. “ Aportación yeclana a las defensas de las costas en el siglo XVII: milicianos y bandoleros”. Revista de Estudios Yeclanos. Yakka, 4 (1992-1993). Yecla, Ayuntamiento 1993.; GIMÉNEZ RUBIO, Pascual. Memoria histórica de la función que anualmente se celebra en la villa de Yecla a la Concepción de la Virgen María. Yecla, 1848. Edición comentada por Liborio Ruiz Molina. Yecla, 2004; MONTES BERNARDE, Ricardo y RUIZ MOLINA, Liborio. “Las fiestas de moros y cristianos en la Región de Murcia (siglos XIV-XX)” Actas del III Congreso Nacional de Fiesta de Moros y Cristianos . Murcia- 23-26 de mayo de 2002.; RUIZ IBÁÑEZ, Javier. “Informe preliminar sobre el origen, significado y permanencia de las fuerzas municipales de la Edad Moderna” Yecla, 2005. (inédito)

domingo, 2 de diciembre de 2007

Memorias desmemoriadas...


Andamos desmemoriados con esto de la memoria histórica y uno se altera cuando en la prensa lee lo que lee; y es que un personaje histórico de calado nacional, muy relacionado con Yecla por razones de educación (estudió de interno en las Escuelas Pías de Yecla, coincidiendo en aquellos años con Azorín y que trascendió más allá de lo académico, hasta considerarse él mismo yeclano de adopción), me refiero a Caballenas, (calle General Cabanellas) el que fuera Director General de las Guardia Civil entre otros cargos durante la II República; aquel que se opuso junto a otros generales a la dictadura de Primo de Rivera y que si bien es cierto se adhirió en un primer momento a la sublevación militar llamada Alzamiento Nacional, no es menos cierto que se alejó de él, o mejor lo alejaron cuando al general Franco le estorbó; pues eso que va y aparece en un listado de nombres que alguien lejano a su vida y la nuestra, se permite, sin tener ni pajolera idea (vamos, ni puta idea), exigir que se formatee de nuestra memoria histórica por considerarlo un germen nocivo para nuestra salud democrática. ¡Hay que ser necio!. Menos mal que este sujeto no sabe por qué motivos se rotuló en nuestro pueblo la Avenida de Córdoba, ni vamos a darle el gusto de que lo sepa, que se devane los sesos, ¡qué coño!.